domingo, 8 de noviembre de 2009

El efecto de la luna.



La noche oscura y serena
tintábala de alazán
con su fulgor de azafrán
la brillante luna llena.

Aticé el fuego un momento
que con trémulo y vibrante
resplandor, por un instante
emitió un quejido lento.

A lo lejos un sonido
me impulsó a asomarme afuera
y al mirar hacia la esfera
sentí que era un alarido.

Con angustia aterradora
por el aullido incesante
que me llamaba constante
me giré a mirar la hora.

Apenas tiempo quedaba
la sangre dentro me hervía
y mientras me convertía
en licántropo, lloraba...

Salí buscando una víctima
con el instinto asesino,
sin rumbo, ni sin destino,
sólo con fiereza íntima.

La ví, sola paseando,
sentí el olor de su sangre.
Ella saciaría el hambre
que me estaba devorando.

La maté sin compasión
le desgarré las entrañas
mis fauces como alimañas
se clavaron con presión.

El flujo le chorreaba
por su garganta desnuda
estaba así, queda y muda
mientras yo la violentaba.

Me sentía satisfecho
y extasiado en la tortura
que mi mente y mi locura
acababan de haber hecho.

Un rayo de la alborada,
que pretendía abrasarme,
me invitaba a refugiarme
raudo y presto en mi morada.

Corrí como un vil poseso,
busqué sin cesar mi casa,
me perseguía esa brasa
quemándome el mismo seso.

Al llegar ya no recuerdo...
perdí pronto la conciencia,
al despertar, la inocencia...
dudé de si estaba cuerdo.

Otra vez el mismo sueño,
que a ciclos se repetía,
cuando así Selene ardía
y yo de mí, no era dueño.

© Eufrosina Amores (2008)


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